Han servido las mesas
con esos manteles que acarician
los muslos que, internos, ha de catar
la lengua.
La costa nos tiene por testigo.
Las mareas que saben ser recíprocas, cómplices,
ansiadas.
Han pasado tantos años.
Ha sido tu vuelta la última razón.
No hemos triunfado, no.
La musa habla el lenguaje de los muertos.
No nos han anhelado las orillas.
Las hemos tomado como se cabalga al dolor.
Hemos alzado la copa contra la isla donde esperaban
los ahogados.
Todo tuvo nombres y todo los perdió.
Los pies desnudos también conocen las llagas,
las incisiones de cada nueva mañana
contra el vestidor, las suturas en la dermis
trófica
de los tangas que cantan con Bob Dylan
la última nana de su recorrido
por la desolación.
Fue hace ya más de treinta años.
No somos, no, distintos
de las olas.
No sabremos, siquiera, la dirección que anclar
al remite de las cartas que otrora
recibimos.
Postales del Cabo desde los buzones oxidados.
Nunca hubo respuesta, la telegrafía
calló como hacen las espumas
sobre las lapas desencantadas.
Fue hace más de treinta años.
Y hoy la munición intenta
disparar las salvas fantasmas de aquel
viejo
agosto.
Company of Wolves
Bark at the Moon
martes, 9 de junio de 2015
lunes, 6 de abril de 2015
HIja mía.
Caza mayor.
Padre de mierda, hija mía.
Un puto loco, hija mía.
Arcabuces a las voces, ruecas empolvadas y gotitas de sangre,
pieza segura.
No me necesitas, hija mía.
Tienes quién no te dañe, hija mía.
Un maldito inmaduro.
Qué erratas como vidas, qué dolor sinestésico,
qué mutación diaria, las pastillas blancas, las pastillas azules,
sentencias, pensiones, qué fríos argumentos,
qué palabras como muertes,
hija mía,
hija mía.
Padre de mierda, hija mía.
Un puto loco, hija mía.
Arcabuces a las voces, ruecas empolvadas y gotitas de sangre,
pieza segura.
No me necesitas, hija mía.
Tienes quién no te dañe, hija mía.
Un maldito inmaduro.
Qué erratas como vidas, qué dolor sinestésico,
qué mutación diaria, las pastillas blancas, las pastillas azules,
sentencias, pensiones, qué fríos argumentos,
qué palabras como muertes,
hija mía,
hija mía.
viernes, 3 de abril de 2015
EMIGRANTE.
Las he encontrado de pronto...
Las mismas notas de Wim Mertens
que acompañaron el año en el que dejé de serlo,
esas soledades de la tarde opaca contra el adarve de la costa,
las largos meses de mil novecientos noventa y uno, la inmarcesible
tumba abierta del tiempo que nos ha marcado,
los patos norteños que migraron al silencio de Cala Flores
buceando en busca de esa su pesquera,
indagando al agua acerca del porqué de su memoria.
Tantos años han pasado y no me reconozco,
tantas veces esa mi casa vacía ha recordado mis pasos,
sé que estoy allí, joven, presa del vino, inquebrantablemente loco,
el espejo de la entrada devolviendo a la noche mi imagen fantasmal,
los golpes de las puertas contra la mano leve de los vientos marineros,
sé que los temarios de la puta oposición aún me saben a Levante,
pero aún no sé, Dios mío, por qué te has ido tan lejos,
por qué las ropas han permanecido contra la rabia de los armarios del salitre,
por qué son los bisnietos de aquellas gaviotas los que hoy surcan esos mismos
acantilados, por qué,
por qué hoy me siento tan viejo, tan zafio,
por qué me he dado la espalda y soy hoy tan otro,
a lo lejos,
tan aterrorizado,
tal obscura sombra del que antes era el rey de los veranos resilientes,
el fiel rescoldo de los septiembres por todos
abandonados.
jueves, 12 de febrero de 2015
Justos.
No, no me impresionas.
No hay butrones en tus muros, inquebrantable
servidor de las normas que te impusieron,
tu lacrimal cerrado y tu voz autoritaria,
tu perfección mientras sucede la vida a tu lado,
no me jodas, bien ya nos conocemos,
las monedas de tus manos se enrobinan con tu sangre,
las bebidas espirituosas hacen dormir al carcelero
pero no abren la mazmorra donde te pudres
mintiendo al tiempo, obviando el final.
Sí, eres un tío cojonudo.
Razonas tus actos y sazonas tus fallos.
No follaste hasta los veintipico y complaciste a Dios.
Tuviste hijos, compraste hacienda y forjaste apellidos.
Qué quedará de ti cuando seas traspasado a merma.
Qué mares muertos yacen en tus playas de la nada.
En qué mercado se subastan las sonrisas que perdiste,
quién te va a compensar la puñalada trapera
del olvido.
No hay butrones en tus muros, inquebrantable
servidor de las normas que te impusieron,
tu lacrimal cerrado y tu voz autoritaria,
tu perfección mientras sucede la vida a tu lado,
no me jodas, bien ya nos conocemos,
las monedas de tus manos se enrobinan con tu sangre,
las bebidas espirituosas hacen dormir al carcelero
pero no abren la mazmorra donde te pudres
mintiendo al tiempo, obviando el final.
Sí, eres un tío cojonudo.
Razonas tus actos y sazonas tus fallos.
No follaste hasta los veintipico y complaciste a Dios.
Tuviste hijos, compraste hacienda y forjaste apellidos.
Qué quedará de ti cuando seas traspasado a merma.
Qué mares muertos yacen en tus playas de la nada.
En qué mercado se subastan las sonrisas que perdiste,
quién te va a compensar la puñalada trapera
del olvido.
jueves, 29 de enero de 2015
Perdedor.
Tantas veces estamos solos ante la tarde,
delante de otra ocasión perdida para afirmar que estamos vivos,
las infértiles horas de trabajo, los deberes siempre por cumplir,
pasan las semanas, vencen los meses, ojos cerrados,
el cayado cansado, la ausencia de sonrisa.
Cómo quisiera poblarme de mar fuera de los presuntos festivos,
cuándo la otra mejilla al orgullo desquiciado, al trascurrir
eritematoso
de la probidad, de la saciedad de las expectativas, del deseo agotado,
cuándo me atreveré a decir que no, a separarme del veril,
qué ganamos mintiendo en los currículos que nos vendemos,
cuándo será suficiente con el yo, cuál el bálsamo para la derrota,
quién hará la loa al que cayó, dónde la carta de perdón
para el perdedor.
delante de otra ocasión perdida para afirmar que estamos vivos,
las infértiles horas de trabajo, los deberes siempre por cumplir,
pasan las semanas, vencen los meses, ojos cerrados,
el cayado cansado, la ausencia de sonrisa.
Cómo quisiera poblarme de mar fuera de los presuntos festivos,
cuándo la otra mejilla al orgullo desquiciado, al trascurrir
eritematoso
de la probidad, de la saciedad de las expectativas, del deseo agotado,
cuándo me atreveré a decir que no, a separarme del veril,
qué ganamos mintiendo en los currículos que nos vendemos,
cuándo será suficiente con el yo, cuál el bálsamo para la derrota,
quién hará la loa al que cayó, dónde la carta de perdón
para el perdedor.
sábado, 17 de enero de 2015
MOROS.
MOROS
No sé cuál es la verdad.
Sí sé que toda muerte es nuestro último fracaso.
Sé que ningún dios puede querer el dolor y la sangre....
Sí sé que aquí hemos venido a algo más que producir,
y sé bien que somos unos tremendos ignorantes.
Hay gentes poderosas que se esconden tras los gobiernos,
hay cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en Méjico,
los que mandan no son los que vemos, sólo la mar
arroja su evidencia de vendavales y permanencias,
sólo el mañana incierto es nuestra herencia,
seguimos baldeando sus pasillos de palacio, nos engañan,
nos mienten,
nos entretienen con los noticiarios, nos indican el camino
del jodido éxito,
nos han señalado al enemigo,
sí, he oído que hoy los peligrosos son los moros,
sí, como ayer los indeseables eran esos ácratas,
esos que no veneraban nuestra inmejorable democracia,
esos que ponían en peligro a los filántropos que cuidan del mercado,
y hemos de protegernos de aquel al que hemos creado,
tenemos opinión y cierta mierda saliendo por las bocas,
rotativos que se empeñan en insistir en sus doctrinas,
calmos atardeceres protegidos por las series televisivas.
La muerte de nadie no está entre nuestros derechos.
No me gusta el verbo "abatir", el infinitivo negro del "eliminar".
Sí, tengo miedo, Sócrates no es consuelo,
el no saber nada simplemente es eso,
la raíz fértil del odio,
el horror de Kurtz al cerrar los ojos,
el último nudo de la maroma que hemos tejido
con nuestro cómplice silencio.
No sé cuál es la verdad.
Sí sé que toda muerte es nuestro último fracaso.
Sé que ningún dios puede querer el dolor y la sangre....
Sí sé que aquí hemos venido a algo más que producir,
y sé bien que somos unos tremendos ignorantes.
Hay gentes poderosas que se esconden tras los gobiernos,
hay cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en Méjico,
los que mandan no son los que vemos, sólo la mar
arroja su evidencia de vendavales y permanencias,
sólo el mañana incierto es nuestra herencia,
seguimos baldeando sus pasillos de palacio, nos engañan,
nos mienten,
nos entretienen con los noticiarios, nos indican el camino
del jodido éxito,
nos han señalado al enemigo,
sí, he oído que hoy los peligrosos son los moros,
sí, como ayer los indeseables eran esos ácratas,
esos que no veneraban nuestra inmejorable democracia,
esos que ponían en peligro a los filántropos que cuidan del mercado,
y hemos de protegernos de aquel al que hemos creado,
tenemos opinión y cierta mierda saliendo por las bocas,
rotativos que se empeñan en insistir en sus doctrinas,
calmos atardeceres protegidos por las series televisivas.
La muerte de nadie no está entre nuestros derechos.
No me gusta el verbo "abatir", el infinitivo negro del "eliminar".
Sí, tengo miedo, Sócrates no es consuelo,
el no saber nada simplemente es eso,
la raíz fértil del odio,
el horror de Kurtz al cerrar los ojos,
el último nudo de la maroma que hemos tejido
con nuestro cómplice silencio.
lunes, 5 de enero de 2015
Legones.
Legones.
Cada día estos legones acaban en mis manos.
Cada día dibujo surcos de salida de esta trampa.
Me digo que veré el final de los caminos del agua.
Algo ha ocurrido de un tiempo a esta parte.
Cavar y cavar, dedos macilentos, las raíces podridas, la celada
tendida de los pecados evidentes.
Los tiempos procesales, los destinos cruzados,
las públicas firmas aviejadas, las mediciones de obras del ángel caído,
lo imposible,
lo que quizás ha sido inevitable.
En mis manos sólo legones.
Códices de urbanismo, las tierras que surcan los cauces
innúmeros, llagados,
de las almas egresadas del dominio público hidráulico.
Como cada mañana, ahondar, horadar, penetrar.
Lejos siempre de la última verdad, aislado, capazos y capazos
de evidencias que sólo apuntan a mí.
Cada día estos legones acaban en mis manos.
Cada día dibujo surcos de salida de esta trampa.
Me digo que veré el final de los caminos del agua.
Algo ha ocurrido de un tiempo a esta parte.
Cavar y cavar, dedos macilentos, las raíces podridas, la celada
tendida de los pecados evidentes.
Los tiempos procesales, los destinos cruzados,
las públicas firmas aviejadas, las mediciones de obras del ángel caído,
lo imposible,
lo que quizás ha sido inevitable.
En mis manos sólo legones.
Códices de urbanismo, las tierras que surcan los cauces
innúmeros, llagados,
de las almas egresadas del dominio público hidráulico.
Como cada mañana, ahondar, horadar, penetrar.
Lejos siempre de la última verdad, aislado, capazos y capazos
de evidencias que sólo apuntan a mí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



